Detrás de cualquier planteamiento didáctico hay, sin duda, una determinada manera de entender el proceso de enseñanza y aprendizaje. En este sentido la psicología de la instrucción nos proporciona muchas y buenas pistas para articular un dispositivo didáctico que facilite al máximo el aprendizaje de los alumnos. Pero la manera como enseñamos también viene determinada, efectivamente, y en grado sumo —tal como se explica en la «Parábola del invitado a cenar»— por aquello a lo que damos un valor principal (estar todos, comer todos el mismo menú, etc.), por los valores que queremos inculcar cuando enseñamos y educamos, y por la finalidad última que perseguimos con la educación y la enseñanza. Y la finalidad de la educación, en general, y la de la enseñanza, en concreto, es muy distinta, dependiendo de si una y otra se articulan desde un enfoque selectivo o desde un enfoque inclusivo. «Dime cómo educas y cómo enseñas, y te diré qué buscas educando y enseñando», podríamos decir. Como se decía en la presentación de este libro, lo que está en juego es el modelo educativo que condiciona todo lo que hacemos en el campo de la educación. Una cosa es un modelo selectivo, en el que la educación se convierte en un instrumento de clasificación y jerarquización, en tanto selecciona y promueve a los alumnos que tienen más capacidad para estudiar hacia etapas educativas superiores. Esta es
la función social de la educación, aquello que socialmente se le pide, en un sistema educativo selectivo. Y otra cosa muy diferente es un modelo inclusivo, en el que la educación es un instrumento de promoción y desarrollo personal y social de todos los alumnos —no sólo de los más capaces, y cuya función social consiste en dotar a todos los ciudadanos de una formación integral, partiendo de la base de que todos pueden aprender, y tienen que aprender, cada uno hasta el máximo de sus posibilidades. No se trata de una cuestión banal o intrascendente. Detrás de cada una de las opciones hay una manera diferente de entender la sociedad en general, y la educación en particular, que lleva a perseguir unas finalidades y unos resultados también muy diferentes.
Una escuela selectiva
-El objetivo de una educación selectiva no se centra sólo en que los alumnos aprendan en la escuela cuantas más cosas mejor, sino, si puede ser, en que aprendan más que los alumnos de las demás escuelas, y más que los otros alumnos de la misma escuela. En una educación selectiva se insiste en la necesidad de formar sobre todo una personalidad hábil—cuanto más hábil mejor, y más hábil que las demás— y competente, cuanto más competente mejor, y más competente que las demás.
-En una educación selectiva —que selecciona al alumnado en función de su capacidad para aprender— los saberes que se consideran más importantes tienen un carácter fundamentalmente académico, enciclopédico, y se entienden como el conjunto de conocimientos codificados y debidamente clasificados que se van acumulando a lo largo de la escolaridad.
-Una escuela selectiva se preocupa fundamentalmente de hallar métodos eficaces que le sirvan para lograr su fin: conseguir un índice de éxito más alto. El mejor método es el que le permite enseñar más de cada cosa a los alumnos que previamente ha seleccionado (los que «pueden» y «quieren»), y no el que ayuda a enseñar a más alumnos hasta el máximo de lo que éstos pueden aprender, aunque no «puedan» o no «quieran» hacerlo.
Una escuela inclusiva
-Una educación inclusiva tiene como objetivo que la escuela contribuya a adquirir, hasta el máximo de las posibilidades de cada uno, todas las habilidades técnicas (cómo hablar, leer, calcular, orientarse, etc.) y sociales (cómo comunicarse, respetarse, etc.) que son necesarias para ser, vivir y convivir. No se trata de saber más que los demás, sino de saber todo cuanto se pueda y de poner lo que se sabe junto a lo que saben
los otros para así alcanzar metas comunes y transformar y mejorar la sociedad. Se trata de hacer ciudadanos competentes, pero no competitivos sino cooperativos; ciudadanos tolerantes y respetuosos con las diferencias, pero no permisivos; ciudadanos libres, críticos y responsables. En una educación inclusiva, se insiste en la necesidad de formar una personalidad autónoma y crítica, y no sólo competente y hábil.
-Decimos que es una escuela inclusiva para todos no sólo porque todos pueden, a un nivel u otro, y todos necesitan aprender estos cuatro «saberes», sino también porque, como mínimo algunos —si no todos— de dichos saberes (el saber ser y el saber convivir, por ejemplo) sólo se pueden enseñar y aprender —practicar— en una escuela en la que cabe todo el mundo, no sólo unos cuantos.
-La escuela inclusiva se preocupa, fundamentalmente, de encontrar métodos, estrategias y maneras de organizar la clase que le permitan atender juntos a alumnos diferentes, sin que nadie salga perjudicado, aunque no «quieran» o no «puedan» aprender. Este es el reto: encontrar métodos que permitan enseñar más cosas a más alumnos sobre los contenidos de las diferentes áreas, hasta el máximo de las posibilidades o capacidades de cada uno (no métodos que permitan enseñar más contenidos de las diferentes áreas a determinados alumnos.
-La diversidad, para una educación y una escuela inclusivas, es algo natural y enriquecedor, y por este motivo hay que encontrar la manera de atenderla de forma adecuada, potenciando las diferencias que nos hacen singulares y compensando, combatiendo o anulando, si es posible, las desigualdades. La de la diversidad no es una cuestión simple: hay más de una «diversidad». Hay una diversidad que hace que los alumnos sean simplemente diferentes y singulares, que se debe potenciar: es la diversidad, por ejemplo, que se deriva de los intereses de los alumnos o de valores culturales (todos tienen derecho a saber más música que el resto si muestran un especial interés por esta disciplina; todo el mundo tiene derecho a ser y a vivir de acuerdo con su cultura y a expresarse en su lengua, por minoritarias que éstas sean...). Sin embargo, hay una diversidad que se debe compensar y contra la que es necesario luchar: la que se deriva de las desigualdades personales y sociales, que con mucha frecuencia son injustas en relación con las oportunidades de los demás. Una escuela como ésta se preocupa más de organizar la heterogeneidad para que sea provechosa, educativamente hablando, para todo el mundo, que– La escuela inclusiva mide el éxito —su eficacia y su calidad— por la capacidad de «añadir» algo a lo que sabían y a lo que eran los alumnos al
ingresar en ella, hasta el máximo de sus capacidades y posibilidades. Lo importante es el «valor añadido» que la escuela les procura a los estudiantes, no el logro de una meta común y establecida de antemano. Una escuela así será de calidad en la medida en que sea capaz de atender a todo el mundo, sean cuales sean sus necesidades educativas, y conseguir que todos aprendan algo. Por este motivo una escuela así acoge a todos y no margina a nadie. Y ello no por una especie de extraño paternalismo, sino porque está convencida de que todo el mundo es valioso y de que todo el mundo puede aportar cosas valiosas y útiles para la comunidad.
Para finalizar algunas ideas:
La escuela tiene que celebrar la diversidad. En la escuela la diversidad se debe considerar como una cualidad.
Hay que poder disfrutar aprendiendo: todo el mundo tiene que encontrarse bien y seguro en la escuela. La escuela tiene que ser un lugar al que los estudiantes, los maestros y los profesores, y todos los demás miembros de la comunidad, quieran ir porque, por un lado, se encuentran bien en él y, por otro, se sienten
La escuela tiene que contar con profesores que faciliten el aprendizaje. No se puede esperar que un profesor o una profesora conozcan y satisfaga cada una de las necesidades educativas individuales de los estudiantes de su clase. Por estas razones, si queremos que la educación de los estudiantes tenga éxito, el rol tradicional del enseñante y el énfasis con que se llevan a cabo los procesos de enseñanza y aprendizaje tienen que cambiar. Se ha de organizar el ambiente de las clases, las experiencias de enseñanza, los recursos y los procedimientos, y las condiciones prácticas para aprender, de tal manera que los estudiantes no sólo tengan la oportunidad de satisfacer todas sus necesidades educativas, sino también la motivación necesaria. Este es el reto de los maestros y profesores. No obstante, es necesario buscar el apoyo de los padres y de los otros miembros e instituciones de la comunidad a fin de que los estudiantes tengan experiencias de aprendizaje dinámicas y motivadoras que respondan a sus necesidades educativas (Stainback, 2001).
La escuela tiene que preparar para la cooperación y no para la competición. En la escuela, la cooperación debe estar por encima de la competición. La escuela ha de involucrar a cada uno de sus miembros no sólo para que trabaje individualmente (porque nadie tiene que hacer el trabajo de otro), y para que se responsabilice y se comprometa
personalmente, sino también para que comparta y coopere con los demás; la escuela debe cuidar el afecto mutuo, la satisfacción y el éxito de todos sus miembros.
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